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La Purificación de nuestra Señora

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La ley se expresaba así: “Habló Dios a Moisés y le dijo: Conságrame todo primogénito. Todos los primogénitos de entre los hijos de Israel, tanto de los hombres cono de los animales, míos son” (Ex. 13,1-2).

En los tiempos primeros estos primogénitos fueron destinados al culto de Dios. Pero cuando fue confiado este culto en exclusiva a la tribu de Leví, decidió la ley que esta exención fuera compensada mediante el pago de cinco siclos, que se destinaba a engrosar el tesoro del templo.

Hay que advertir que no era necesario llevar a Jerusalén al infante. Bastaba con que el padre pagase el impuesto al sacerdote de turno, no antes de los treinta y un días después del nacimiento, para cumplir religiosamente con lo estatuido en la ley, Según otras disposiciones legales (Lev. 12,1-8), cuarenta u ochenta días después del alumbramiento, según se tratase de un hijo o de una hija, las madres hebreas habían de presentarse en el templo para purificarse de la impureza legal que habían contraído.

También hay que hacer constar que no siempre la madre estaba obligada a presentarse en persona. Podía ser reemplazada por alguna otra persona que ofrecía el sacrificio en su nombre, si existía alguna causa que justificase su ausencia.

Huelga decir que ni Jesús ni María estaban obligados, a estos preceptos legales. Jesús estaba infinitamente por encima de toda la ley y la Virgen Santísima, al haber dado a luz virginalmente, al margen, por lo tanto, de las condiciones naturales previstas por el legislador, no tenía necesidad de purificarse de nada.

La humildad, la obediencia, el propio respeto más exquisito a las instituciones legales del pueblo de Dios y el cariño más fino a la vida ordinaria sin excepción y excepciones, hicieron posible que la Sagrada Familia se trasladara a Jerusalén para cumplir con estas prescripciones rituales.

En un mismo día se podía llegar a Jerusalén, asistir a las ceremonias legales y regresar por la tarde, con tiempo sobrado, a Belén.

Muy posiblemente que esto seria lo que hiciera la Sagrada Familia.

La purificación de las madres tenía lugar por la mañana.

Entraría María por el atrio llamado de las mujeres, se colocaría en la grada más alta y allí sería rociada con el agua lustral por el sacerdote de turno, que a la vez recitaría sobre ella unas preces.

Aunque la parte más importante del rito consistía en la oblación de dos sacrificios. Uno que se denominaba “sacrificio por el pecado”, cuya materia siempre era una tórtola o un pichón, y otro “sacrificio de holocausto”, cuya víctima exigida era, para los ricos, un cordero de un año, y para los pobres un pichón o una tórtola.

Lo dice San Lucas (2,24), y, además, históricamente nos lo imaginamos nosotros, que San José compraría un par de palomas o tórtolas al administrador del templo o a alguno de aquellos mercaderes aprovechados cuyas jaulas serían volteadas un día por Cristo.

Los pobres siempre están lo que se dice de enhorabuena en la vida de Cristo.

El sacerdote cortó el cuello del ave y sin separarlo del cuerpo derramó la sangre al pie del altar.

La paloma que sirvió para el holocausto fue quemada sobre las ascuas del altar de bronce.

Las ceremonias del rescate consistían tan sólo en el pago de los cinco siclos legales.

Y ahora comienza una misa. Es el ofertorio. Terminará esta misa en el monte Calvario, cuando pasen treinta y tres años.

El primer sacrificio digno de Dios se está ofreciendo en estos instantes en el templo sagrado de Jerusalén. El velo de muchas profecías se escinde en estos precisos momentos. El templo – aquel templo de entonces – aventaja en mucho a aquel templo primero que no pudo ser marco de la vida ritual del esperado Mesías.

Cristo se ofrece al Padre. Y se ofrece así: “Entonces yo dije: Heme aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad. Los sacrificios, las ofrendas y los holocaustos por el pecado, no los quieres, no los aceptas…” (Heb. 1o,7s.).

María, en nombre de toda la humanidad, se ofrece también. Es éste uno de los momentos más solemnes de la vida de la Santísima Virgen.

Ella se ofrece y ofrece. Coofrece.

Es parte integrante en la misa. Lo confirma la espada. El mejor elogio que se pudo hacer de un hijo de Abraham, se lo hace San Lucas al anciano Simeón, que ahora aparece en escena: “Había en Jerusalén un hombre, llamado Simeón, justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel y el Espíritu Santo estaba en él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Movido del Espíritu Santo vino al templo y, al entrar los padres con el Niño Jesús para cumplir lo que prescribe la ley sobre él, Simeón lo tomó en sus brazos y, bendiciendo a Dios, dijo: “Ahora, Señor, puedes ya dejar ir a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu salud, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos, luz para iluminación de todas las gentes y gloria de tu pueblo, Israel”.

Su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían de Él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: “Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones” (Lc. 2.25 ss.).

Simeón es todo un personaje colocado en la cumbre de la estructura mesiánica.

Un santo. Un iluminado. Un profeta.

Sabe acunar a Cristo en sus brazos añosos. Y llamarle “consolación de Israel”. Y supo dejarnos la joya lírica del Nunc dímirttis como un testamento precioso que suena a relevo de centinelas, a libertad de prisioneros, a feliz liberación de cautivos… y que tiene un colorido de perspectiva salvadora, de horizontes lejanos, universales, católicos…

Todo el misterio de Cristo pasa ante sus ojos venerablemente abiertos, a punto ya de cerrarse a la espera y a la carne.

¡Amigo, qué santo tan grande y tan bíblico es este viejo Simeón!

¡Y qué gran santa también aquella mujer llamada “Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, casada en los días de su adolescencia, que vivió siete años con su marido y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro, que no se apartó del templo sirviendo con ayunos y oraciones noche y día y que también alabó a Dios y hablaba de Él a cuantos esperaban la redención de Jerusalén”! (Lc. 2, 36 ss.).

Ya es tarde.

El ajetreo se pierde en los recintos del templo.

Son siete u ocho los kilómetros que les separan de Belén. La Sagrada Familia se pone en camino.

La Virgen medita y contempla. En lontananza se oyen ruidos de sables.

El Niño se ha quedado dormido, acurrucadito en el regazo de María y mecido por el balanceo suave del alegre paso del burro.

José, retrasándose un poco, contempla la escena.

Simeón puede ya morir en paz. Abre los ojos y siente la caricia cordial de los ojos infinitamente hondos del Niño.

Ana prolonga aquella noche su oración en el templo un poco más tiempo del acostumbrado, dando gracias a Dios porque la redención de Israel está ya tan cerca…

Litúrgicamente comenzó a celebrarse esta fiesta en Oriente, bien pronto.

La peregrina Eteria nos habla de ella resaltando la alegría semipascual que imprimía esta fiesta en la acaecida concurrencia de fieles cristianos que se reunían en Jerusalén para celebrarla.

Con el nombre de Hypapante (occursus Domini) se extendió por todo el Oriente y algún tiempo después, también Roma la acogió entre sus fiestas y la celebró muy solemnemente, teñida al principio de un color vigoroso de penitencia pública.

El Papa, el clero y el pueblo, con los pies descalzos, salmodiando y cantando antífonas y llevando en sus manos candelas encendidas, se dirigían desde la iglesia de San Adrián hasta la estacional de Santa María la Mayor, en donde se celebraba la misa solemne.

Unas iglesias le dieron a esta fiesta un marcado carácter cristológico y otras liturgias resaltaron más el carácter mariano.

Históricamente es dudosa la posible procedencia de anteriores fiestas paganas, llámense amburbalias o lupercaIes para explicar la procesión litúrgica de las candelas en esta celebración cristiana en la que el simbolismo de la luz, tiene una dimensión tan exacta.

De suyo, la Iglesia es la única institución que existe en el mundo capaz de procesionar adecuadamente la luz.

La luz fue siempre símbolo manifestativo del honor debido a una persona. Y símbolo de gozo y de alegría.

Estos son los primeros pasos de la luz en la simbología eclesiástica.

Pero el paso más litúrgico lo da la luz en su representación de la gloria celestial y en presentarse como reflejo del resplandor de Dios, que es todo luz. La Luz verdadera.

Jesucristo fue anunciado como luz. Él mismo se llamó “luz del mundo”. Las propiedades físicas de la luz anuncian la obra redentora de Cristo: permite ver las cosas en su verdadera forma: Cristo y los apóstoles – luz del mundo -, enseñaron la verdad. Y de la misma manera que la luz natural vivifica los organismos, se dice también de Cristo que “en Él estaba la vida y la vida era luz de los hombres” (lo. 1,4).

Simbólicamente, Cristo se hace presente en medio de nosotros vestido de luz. Cristo es luz. Es la Luz.

La entrada en el templo la hizo en los brazos de la Santísima Virgen. Una vela litúrgica encendida es un símbolo vivo de Cristo, Somos portadores de Cristo, con una vela en la mano.

Nosotros lo recibimos a Él, de manos de nuestra santa madre la Iglesia. Sólo la Iglesia tiene poder para darnos a Cristo. Como las de la Candelaria, las manos de la Iglesia son manos cariñosamente maternales.

Para recibir a Cristo necesitamos acudir a la Iglesia.

La fiesta de la Purificación tiene en la vida cristiana una realidad acuciantemente actual. “Antes erais tinieblas1 ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz” (Ephes. 5,8 s.).

Amigo lector, procura que nunca se apague en tus manos esa luz. Es la luz de tu santo bautismo.

El cristiano es un ser iluminado. Es una fuente de luz. Reflejo perfecto de la luz increada y vehículo fiel del resplandor de Dios para todos los hombres. Piensa si eres tú de verdad una fuente de luz: “luz para la iluminación de las gentes”.

Por definición, la luz ha de expandir sus fulgores. Por las venas del alma cristiana cabalgan mensajes de luz. Somos focos. El mundo precisa de nuestra luz. La frente pagana de tantos problemas humanos ha de ser iluminada con esos rayos de luz.

La verdad de nuestra vida cristiana es una candela encendida de luz. La mentira en la vida es un apagón de la luz. La verdad es un acto de culto a la luz. La mentira es una ceremonia del culto a Luzbel, el ángel apagado.

Que nos queme la luz en el pecho. Y que todas las luces del alma y del cuerpo que hayamos de tocar en la vida, hayan podido ser arrancadas de un pedernal litúrgico y transmitidas por un beso caliente de las candelas encendidas en la fiesta de la Purificación de la Virgen.

Es de desear que esas velas cobijen bajo su luz sagrada todos los problemas familiares de los hogares cristianos en la vida de todos los días. Que no falte entre los utensilios de las casas cristianas esa vela bendita, tratada y usada como un objeto sagrado, dispuesta a ser colocada en la mano del que muere, como un anticipo de su presentación gaudiosa ante el trono de Dios, como un recuerdo de la inmortalidad que Cristo nos ha merecido y como una señal inequívoca de la protección de la Virgen. “Tened en vuestras manos encendidas las antorchas y sed semejantes a los que aguardan a su señor” (Lc. 12,25).

Nuestra santa madre la Iglesia resume el sentido cristianamente luminoso de esta festividad en la oración de la bendición de las candelas, que es un manjar exquisito para el alma cristiana.

Léela y medítala lo más sabrosamente que puedas: “Oh Señor Jesucristo, luz verdadera que ilumina a todo hombres que viene a este mundo, ilustra nuestros corazones con tu invisible fuego, con el resplandor del Espíritu Santo y cura la ceguera de nuestros pecados; para que. purificada así la vista de nuestra alma, podamos conocer lo que a Ti te agrada y lo que es provechoso para nuestra: salvación y merezcamos alcanzar, tras los peligros y tinieblas de este mundo, la luz inextinguible. Por Ti mismo, Salvador y Redentor nuestro, que en Trinidad perfecta vivís y reináis, Dios, por todos los si9los de los siglos. Amén”.

Amigo. con esa luz revisa hoy tu vida. Contémplala con ojos iluminados por la presencia de Cristo. Pídele prestados los ojos al anciano Simeón y proyecta a Cristo, hecho luz. en tu vida.

Y, ya sabes, decídete a caminar ahora por el año litúrgico de cara a la luz, siguiendo las huellas luminosamente claras de Cristo, que pasó por tu vida en cl momento del santo bautismo transfigurándote en foco de luz.

El anciano Simeón tan solo deseé ver un instante la luz de Dios para cerrar después sus ojos con esa imagen tan bella enclaustrada en sus pupilas, momentos antes de abrirse a los resplandores eternos de la gloria del cielo.

En la nueva economía de la gracia, el cristiano puede estar constantemente viendo a Cristo y sintiendo su caricia de hermano que se nos ofrece acunado en los brazos de la Santísima Virgen.

Por favor, que no se te olvide: históricamente es cierto que la Santísima Virgen – su madre y tu madre -, tiene todavía maternalmente extendidos sus brazos dispuesta a acunarte sobre ellos y poder así ofrecerte al Padre en el templo santo del cielo.

Es éste su oficio.

De nuevo te lo voy a recordar y a la vez – para ti, para mi y’ para todos -, le vamos a pedir esta gracia a la Virgen con las mismas palabras de la sagrada liturgia de la fiesta de hoy:

“Omnipotente y sempiterno Dios: suplicamos humildes a vuestra Majestad, que así como vuestro unigénito Hijo fue presentado hoy en el templo con la sustancia de nuestra carne, así nos concedáis presentarnos a Vos con almas puras de todo pecado. Por el mismo Cristo Nuestro Señor. Amén.”

Antonio Aradillas Agudo
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