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En éste artículo
¿Qué es el Dogma de la Asunción?
¿Qué día y cómo fue la Virgen al cielo?
La Fiesta de la Asunción
Historia del Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María
Imágenes de la Dormición Asunción, y Coronación de la Santísima Virgen

La fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María, se celebra en toda la Iglesia el 15 de agosto. Esta fiesta tiene un doble objetivo: La feliz partida de María de esta vida y la asunción de su cuerpo al cielo.

“En esta solemnidad de la Asunción contemplamos a María: ella nos abre a la esperanza, a un futuro lleno de alegría y nos enseña el camino para alcanzarlo: acoger en la fe a su Hijo; no perder nunca la amistad con él, sino dejarnos iluminar y guiar por su Palabra; seguirlo cada día, incluso en los momentos en que sentimos que nuestras cruces resultan pesadas. María, el arca de la alianza que está en el santuario del cielo, nos indica con claridad luminosa que estamos en camino hacia nuestra verdadera Casa, la comunión de alegría y de paz con Dios”. Homilía de Benedicto XVI (2010)







El dogma de la Asunción se refiere a que la Madre de Dios, luego de su vida terrena fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.

Este Dogma fue proclamado por el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950, en la Constitución Munificentisimus Deus:

"Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo".

Ahora bien, ¿por qué es importante que los católicos recordemos y profundicemos en el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo? El Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica responde a este interrogante:

"La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos" (#966).

La importancia de la Asunción para nosotros, hombres y mujeres de comienzos del Tercer Milenio de la Era Cristiana, radica en la relación que hay entre la Resurrección de Cristo y la nuestra. La presencia de María, mujer de nuestra raza, ser humano como nosotros, quien se halla en cuerpo y alma ya glorificada en el Cielo, es eso: una anticipación de nuestra propia resurrección.

Más aún, la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo es un Dogma de nuestra fe católica, expresamente definido por el Papa Pío XII hablando "ex-cathedra". Y ... ¿qué es un Dogma? Puesto en los términos más sencillos, Dogma es una verdad de Fe, revelada por Dios (en la Sagrada Escritura o contenida en la Tradición), y que además es propuesta por la Iglesia como realmente revelada por Dios.

En este caso se dice que el Papa habla "ex-cathedra", es decir, que habla y determina algo en virtud de la autoridad suprema que tiene como Vicario de Cristo y Cabeza Visible de la Iglesia, Maestro Supremo de la Fe, con intención de proponer un asunto como creencia obligatoria de los fieles Católicos.

El Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (#966) nos lo explica así, citando a Lumen Gentium 59, que a la vez cita la Bula de la Proclamación del Dogma: "Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del Cielo y elevada al Trono del Señor como Reina del Universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte".
Y el Papa San Juan Pablo II, en una de sus Catequesis sobre la Asunción, explica esto mismo en los siguientes términos:

"El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio" (San Juan Pablo II, 2-julio-97).

"Contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen, es posible comprender el plan de la Providencia Divina con respecto a la humanidad: después de Cristo, Verbo encarnado, María es la primera criatura humana que realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos" (San Juan Pablo II , Audiencia General del 9-julio-97).

Continúa el Papa: "María Santísima nos muestra el destino final de quienes `oyen la Palabra de Dios y la cumplen' (Lc. 11, 28). Nos estimula a elevar nuestra mirada a las alturas, donde se encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, y donde está también la humilde esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial" (San Juan Pablo II, 15-agosto-97)

Los hombres y mujeres de hoy vivimos pendientes del enigma de la muerte. Aunque lo enfoquemos de diversas formas, según la cultura y las creencias que tengamos, aunque lo evadamos en nuestro pensamiento, aunque tratemos de prolongar por todos los medios a nuestro alcance nuestros días en la tierra, todos tenemos una necesidad grande de esa esperanza cierta de inmortalidad contenida en la promesa de Cristo sobre nuestra futura resurrección.

Mucho bien haría a muchos cristianos oír y leer más sobre este misterio de la Asunción de María, el cual nos atañe tan directamente. ¿Por qué se ha logrado colar la creencia en el mito pagano de la re-encarnación entre nosotros? Si pensamos bien, estas ideas extrañas a nuestra fe cristiana se han ido metiendo en la medida que hemos dejado de pensar, de predicar y de recordar los misterios, que como el de la Asunción, tienen que ver con la otra vida, con la escatología, con las realidades últimas del ser humano.

El misterio de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo nos invita a hacer una pausa en la agitada vida que llevamos para reflexionar sobre el sentido de nuestra vida aquí en la tierra, sobre nuestro fin último: la Vida Eterna, junto con la Santísima Trinidad, la Santísima Virgen María y los Angeles y Santos del Cielo. El saber que María ya está en el Cielo gloriosa en cuerpo y alma, como se nos ha prometido a aquéllos que hagamos la Voluntad de Dios, nos renueva la esperanza en nuestra futura inmortalidad y felicidad perfecta para siempre.
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En relación al día, año, y modo en que murió Nuestra Señora, nada cierto se conoce. La referencia literaria más antigua de la Asunción se encuentra en un trabajo griego, De Obitu S. Dominae. De todos modos, la fe católica siempre derivó su conocimiento de este misterio de la Tradición Apostólica.

La creencia en la asunción del cuerpo de María se funda en el tratado apócrifo De Obitu S. Dominae, que lleva el nombre de San Juan, y que pertenece de todos modos al siglo cuarto o quinto. También se encuentra en el libro De Transitu Virginis, falsamente imputado a San Melito de Sardes, y en una carta apócrifa atribuida a San Dionisio el Aeropagita. Si consultamos a los genuinos escritores de Oriente, este hecho es mencionado en los sermones de San Andrés de Creta, San Juan Damasceno, San Modesto de Jerusalén y otros. En Occidente, San Gregorio de Tours (De gloria mart., I, iv) es el primero que lo menciona. Los sermones de San Jerónimo y San Agustín para esta fiesta, de todos modos, son apócrifos. San Juan el Damasceno (P. G., I, 96) formula así la tradición de la Iglesia de Jerusalén:

San Juvenal, Obispo de Jerusalén, en el Concilio de Calcedonia (451), hace saber al Emperador Marciano y a Pulqueria, quienes desean poseer el cuerpo de la Madre de Dios, que María murió en presencia de todos los Apóstoles, pero que su tumba, cuando fue abierta, a pedido de Santo Tomás, fue hallada vacía; de esa forma los apóstoles concluyeron que el cuerpo fue llevado al cielo.

Hoy, la creencia de la asunción del cuerpo de María es Universal tanto en Oriente como Occidente; de acuerdo a Benedicto XIV (De Festis B.V.M., I, viii, 18) es una opinión probable, cuya negación es impía y blasfema.

Tomado de la Enciclopedia Católica (www.enciclopediacatolica.com)
FREDERICK G. HOLWECK
Transcrito por Janet Grayson
Traducido por Angel Nadales
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Existe también una gran incertidumbre respecto al origen de esta fiesta. Probablemente se trate del aniversario de la dedicación de alguna Iglesia, más que la fecha real del aniversario de la muerte de Nuestra Señora. Que se originara en tiempos del Concilio de Éfeso, o que San Dámaso la introdujera en Roma, son sólo hipótesis.

De acuerdo a la vida de San Teodosio (m. 529) se celebraba en Palestina antes del año 500, probablemente en Agosto (Baeumer, Brevier, 185). En Egipto y Arabia, por otra parte, se mantuvo en Enero, y dado que los monjes de las Galias adoptaron muchos usos de los monjes egipcios (Baeumer, Brevier, 163), hallamos esta fiesta en las Galias en el siglo sexto, en Enero [mediante mense undecimo (Greg. Turon., De gloria mart., I, ix)]. La Liturgia Gala la fija el 18 de Enero, bajo el título: Depositio, Assumptio, or Festivitas S. Mariae (confrontar las notas de Jean Mabillon en la Liturgia Gala, P. L., LXXII, 180). Esta costumbre permaneció en la Iglesia de las Galias hasta el momento de la introducción del Rito Romano. En la Iglesia Griega, parece que algunos mantuvieron la fiesta en Enero, como los monjes egipcios; otros en Agosto, con aquellos de Palestina; por lo cual el Emperador Mauricio (m. 602), si es correcto el relato de "Liber Pontificalis"(II, 508), fijó la fiesta para el Imperio Griego el 15 de Agosto.

En Roma (Batiffol, Brev. Rom., 134) la única y más antigua fiesta de Nuestra Señora era el 1 de Enero, la octava del nacimiento de Cristo. Celebrada primeramente en Santa María la Mayor, más tarde en Santa María de los Mártires. Las otras fiestas son de origen Bizantino. Louis Marie Olivier Duchesne piensa (Origines du culte chr., 262) que antes del séptimo siglo ninguna otra fiesta se guardaba en Roma, y en consecuencia, la Fiesta de la Asunción, hallada en los sacramentales de Gelasio y Gregorio, es un agregado apócrifo hecho en el siglo séptimo u octavo. De todos modos, Probst brinda (Sacramentarien, 264 sqq) fuertes y buenos argumentos que prueban que la Misa de la Santísima Virgen María, hallada el 15 de Agosto en el rito Gelásico, es genuina, desde el momento que no hace mención a la Asunción corporal de María; esto muestra, por lo tanto, que la fiesta era celebrada en la Iglesia de Santa María la Mayor en Roma, por lo menos en el siglo sexto. Él prueba, más aún, que la Misa Sacramental Gregoriana, tal como la tenemos, es de origen Gálico (dado que la creencia en la Asunción corporal de María, bajo la influencia de los escritos apócrifos, es más antigua en Galia que en Roma), y que ésta suplantó la antigua Misa Gelásica. Para la época de Sergio I (700) esta fiesta era una de las principales festividades en Roma; la procesión comenzaba en las puertas de la Iglesia de San Adrián. Siempre fue un doble de la primera clase y un Día Sagrado de precepto.

La octava fue agregada en 847 por León IV; en Alemania esta octava no se celebraba en varias diócesis en la época de la Reforma. La Iglesia de Milán no la aceptó hasta la actualidad (Ordo Ambros., 1906). La octava es privilegiada en la diócesis de las provincias de Sienna, Fermo, Michoacán, etc.

La Iglesia Griega continua esta fiesta hasta el 23 de agosto inclusive, y en algunos monasterior del Monte Athos se prolonga hasta el 29 de agosto (Menaea Graeca, Venice, 1880), o así lo era antiguamente. En la diócesis de Bavaria el día treintavo de la Asunción (una especie de recuerdo del mes) se celebraba durante la Edad Media, el 13 de septiembre, con el Oficio de la Asunción (doble); en la actualidad, sólo la Diócesis de Augsburgo ha mantenido esta vieja costumbre.

Algunas de las diócesis de Baviera y las de Brandenburgo, Mainz y Frankfort mantienen el 23 de septiembre como la “Fiesta de la Segunda Asunción”, o los “Cuarenta Días de la Asunción” (doble) creyendo, de acuerdo a las revelaciones de Santa Elisa de Schönau (m. 1165) y de San Bertrand, O. C. (m. 1170), que la Santísima Virgen María fue llevada al cielo a los cuarenta días luego de su muerte (Grotefend, Calendaria 2, 136). Las Brigidinas guardan la fiesta de la “Glorificación de María” (doble) el 30 de agosto, desde que Santa Brígida de Suecia dijo (Revel., VI, l) que María fue llevada al cielo quince días después de su partida (Colvenerius, Cal. Mar., 30 Aug.). En América Central, se celebra una fiesta especial, “La Coronación de María en el Cielo” (doble mayor) el 18 de agosto. La ciudad de Gerace, en Calabria mantiene 3 días sucesivos el rito de doble de primera clase, conmemorando el 15 de agosto la muerte de María, y el 16 de agosto, su Coronación.

En Piazza, en Sicilia, hay una conmemoración de la Asunción de María (doble de segunda clase) el 20 de febrero, que es el aniversario del terremoto de 1743. Una fiesta similar (doble mayor con octava) se sigue en Martano, Diócesis de Otranto, en Apulia, el 19 de Noviembre.

Tomado de la Enciclopedia Católica (www.enciclopediacatolica.com)
FREDERICK G. HOLWECK
Transcrito por Janet Grayson
Traducido por Angel Nadales
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Historia del Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María

El año 1950 puede ser considerado el vértice y punto culminante del pontificado del venerable Pío XII. Era año jubilar y los peregrinos afluían a Roma en muchedumbres sin precedentes, venidas quizás porque en la capital del Papado veían la única roca de estabilidad y el único puerto de seguridad después que en el curso de la terrible guerra que acababa de desangrar se habían perdido todos los referentes humanos.

La voz del Vicario de Cristo se había alzado con una altísima autoridad moral y era respetada y escuchada hasta por los líderes políticos y religiosos y los pueblos ajenos al catolicismo. La Iglesia mostraba una vitalidad y dinamismo enormes: gran florecimiento de vocaciones, aumento constante de la práctica dominical en los fieles, surgimiento de nuevas formas de vida consagrada y apostolado, difusión sin precedentes de las misiones católicas en el mundo entero, un renovado interés por la sagrada liturgia… Cierto es que este panorama alentador ofrecía algunas sombras (empezaba a insinuarse la contestación teológica del magisterio, algunos sectores del clero se comenzaban a ideologizar, el peligro de caer en la rutina y en la instalación en la comodidad de una religiosidad puramente formal se cernía sobre no pocos fieles), pero los aspectos más visibles eran los positivos.

Fue en ese año y en ese contexto cuando el 1º de noviembre el Romano Pontífice definía solemnemente ante más de ochocientos obispos venidos de todas partes y una multitud de cientos de miles de fieles congregados en la Plaza San de San Pedro el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen, corolario del dogma de la Inmaculada, que cien años antes había proclamado otro Pío, el nono de su nombre. El papa Pacelli pronunció las palabras que se grabarían con letras indelebles en las Actas del Magisterio solemne de la Iglesia:


“Quapropter, postquam supplices etiam atque etiam ad Deum admovimus preces, ac Veritatis Spiritus lumen invocavimus, ad Omnipotentis Dei gloriam, qui peculiarem benevolentiam suam Mariae Virgini dilargitus est, ad sui Filii honorem, immortalis saeculorum Regis ac peccati mortisque victoris, ad eiusdem augustae Matris augendam gloriam et ad totius Ecclesiae gaudium exsultationemque, auctoritate Domini Nostri Iesu Christi, Beatorum Apostolorum Petri et Pauli ac Nostra pronuntiamus, declaramus et definimus divinitus revelatum dogma esse : Immaculatam Deiparam semper Virginem Mariam, expleto terrestris vitae cursu, fuisse corpore et anima ad caelestem gloriam assumptam”.

“Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”. (Bula Munificentissimus Deus, 44; Denz. 3903).

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¿Cómo se llegó a la definición del cuarto dogma mariano? En realidad se trataba de una creencia constante del pueblo fiel documentada al menos desde el siglo V. Tan arraigada estaba en la fe de las naciones que en 1638 el rey Luis XIII de Francia no dudó en consagrar su reino a la Santísima Virgen bajo el misterio de su Asunción, declarándola su patrona y protectora y mandando que el 15 de agosto de cada año se celebrase su fiesta con solemne pompa. A nivel teológico, el gran impulso lo recibió la doctrina de la Asunción de los estudios suscitados con ocasión de la proclamación de la Inmaculada Concepción por el beato Pio IX, que inauguró la era de la llamada Mariología científica moderna. El tratado de Beata no había sido hasta el siglo XVI –cuando san Pedro Canisio y Francisco Suárez fundaron la Mariología positiva y especulativa– una disciplina tratada sistemáticamente y con autonomía, sino que se la estudiaba como parte de sumas teológicas. Ni qué decir tiene que un tratado específico sobre la Asunción era inexistente. Por otra parte, los libros especialmente dedicados a la Madre de Dios eran más obras de mística y de piedad que de rigor científico, convirtiéndose en el siglo XVII en magnas y barrocas creaciones que produjeron un efecto de repulsa racionalista y minimalista (como la Mariologie del jesuita Théophile Raynaud).

La profundización en la reflexión teológica sobre el gran privilegio de la Inmaculada a que dio lugar la definición de la Inmaculada mostró la conexión entre este misterio y el de su Asunción corporal a los cielos. Si la Inmaculada Concepción representa el estadio inicial de la existencia terrena de María, su gloriosa Asunción representa su estadio final, el culmen lógico del desarrollo progresivo de su plenitud de gracia y de su santidad. Fue precisamente alrededor de 1854, año de la definición inmaculista, cuando se manifestó con fuerza el movimiento asuncionista, el cual fue iniciado, por una parte, fray Jorge Sánchez, obispo del Burgo de Osma, en 1849 y, por otra, san Antonio María Claret, confesor de doña Isabel II, en 1863. Esta reina de España solicitó oficialmente al Papa la definición del dogma de la Asunción (petición que sería renovada, tras la restauración de la monarquía, por la reina regente doña María Cristina y más tarde por el proprio rey don Alfonso XIII).

Concomitantemente, aparecieron las primeras ediciones críticas de los Apócrifos relativos a la Asunción (que tanta importancia habían tenido en el desarrollo de esta creencia): en 1865 el orientalista William Wright publicó en Londres Contributions to the apocryphal literature of the New Testament (que le sirvió para su ensayo The Departure of my Lady Mary from this World del mismo año) y en 1866 el biblista Constantin von. Tischendorf sacó a la luz Apocalypses apocryphae. A partir de esta época la Teología asuncionista se fue abriendo paso con cada vez mayor brío, sobre todo gracias a las encíclicas marianas de los Papas, especialmente las de León XIII, y a los Congresos Mariológicos, que comenzaron a multiplicarse y que fomentaron, además, un movimiento paralelo a favor de la doctrina de la Mediación universal (la cual, a su vez, implicaba, la de la Corredención). Entre los escritos sobre la Asunción aparecidos desde entonces cabe citar, entre muchos otros, los del cardenal Benito Sanz y Forés, Alfonso M. Janucci, Léon Gry, Domenico Arnaldi, Mauricio Gordillo, Henri Jalaber, Olav Sinding, Luigi Vaccari, Joseph Tanguy, I. Wiederkehr, Guido Mattiusi, B.-H. Merkelbach, A.-E. Naegel, Joseph Plessis, François-Xavier Godts, Dom Paix Renaudin, Corentin Legrand, Dom A. Willmart, Andrés Ocerín de Jáuregui, P.I. Toner y Rudolph Willard.

En general la cuestión no se planteaba en términos de si hubo o no Asunción psicosomática de María a los cielos (los autores estaban de acuerdo en afirmarla); el verdadero meollo consistía en hallar el nexo con la tradición apostólica de una creencia cuyas fuentes testimoniales más antiguas databan sólo del siglo V y a través de los libros apócrifos. La definibilidad del dogma, en efecto, dependía de que se considerase a este misterio como parte del depósito revelado (por eso algunos autores como Bernhard Poschmann y Berthold Altaner, que no lo veían de ese modo, lo reducían a la categoría de sententia pia). Por otra parte, la Asunción implicaba un tema conexo, a saber el de la inmortalidad de la Santísima Virgen, es decir, si María había subido a los cielos en cuerpo y alma previa su muerte y resurrección o si no había pasado por ese trance (lo que suponía su transformación en cuerpo glorioso sin mediar separación de alma y cuerpo). Fue en este contexto en el que apareció en 1944 el importante tratado de fr. Martin Jugie, religioso asuncionista (1878-1954), que lleva por título La mort et l’Assomption de la Sainte Vierge. Étude histórico-doctrinale (Tipografía Vaticana).


El P. Jugie sostenía, en primer lugar, que los apócrifos, en razón de ser relatos plagados de elementos fantasiosos y hasta inverosímiles, no podían ser tenidos como testimonio fiable de una tradición anterior que, sin duda, existió en forma oral en un círculo restringido en torno al apóstol san Juan. Dado, pues, que no se podía hallar el vínculo directo con la Sagrada Escritura y la Tradición en apoyo de la Asunción, proponía que se procediese con ella como con una canonización, la cual goza de certeza dogmática y toca el campo de lo infalible sin que se recurra al argumento de la Revelación. En cuanto a la cuestión de la inmortalidad de la Virgen, nuestro autor, sin defenderla claramente, mostraba que durante los cinco primeros siglos del cristianismo (es decir, antes de la aparición de los Apócrifos de la Asunción) no se tenía por cierto el hecho de que la Virgen hubiera muerto. Los dos únicos padres que abordaron directamente el tema fueron los palestinenses san Epifanio de Salamina (para ponerlo en duda) y Timoteo de Jerusalén (para negarlo). Además, la Iglesia, al establecer la primitiva fiesta de la Memoria de Santa María (la del 15 de agosto) no hizo mención alguna de él. Que después se haya llegado a afirmarla y creerla generalmente (al punto que en Oriente se celebra la Dormición de la Virgen) es resultado de la difusión de los apócrifos, que suponían que el modo más natural de abandonar el mundo era la muerte.


Al paso del P. Jugie salió en 1946 el franciscano dálmata Carlos Balic (1899-1977), quien en su largo artículo De definibilitate Assumptionis B. Mariae Virginis in coelum (publicado en 1946 en la revista del Antonianum de Roma) revaloriza el testimonio de los apócrifos de la Asunción, juzgando hipercrítico el juicio que le merecen al P. Jugie. Para Balic, si bien es cierto que tales escritos están llenos de fantasía, ello no es óbice para considerar que contienen un núcleo de la verdad transmitida por la tradición, del mismo modo como acaece con otros evangelios apócrifos, como los de infancia o protoevangelios, tributarios de la segura tradición lucana aunque no divinamente inspirados. Además, no es posible pensar en un estallido repentino de la creencia en la Asunción, que habría surgido por una suerte de generación espontánea sin una tradición previa que la sustentase. Bajo la exuberancia propia de los escritos apócrifos se esconde sin duda una creencia antigua y venerable. En cuanto a la muerte de la Santísima Virgen, el franciscano prefiere la opinión que sostiene que, aunque inmortal de derecho, la Madre de Dios murió de hecho por mejor asimilarse a su Divino Hijo el Redentor.


La definición dogmática pronunciada por el venerable Pío XII esclareció infaliblemente el primer aspecto de la cuestión de la Asunción; no así el segundo, que dejó, como materia opinable, a la disputa de los teólogos. En efecto, a lo largo de la bula Munificentissimus, el Papa ofrece algunos argumentos que muestran una conexión con la revelación, aunque ésta no se encuentre explícita ni en la Escritura ni en la Tradición primitiva. Se trata del llamado “revelado implícito” (como es el caso del número septenario de los Sacramentos, por ejemplo) y lo ve básicamente en el sensus fidelium, en el testimonio de la sagrada liturgia y en el de algunos Santos Padres, principalmente san Juan Damasceno y san Germán de Constantinopla. Pero, para evitar el peligro de que el sensus fidelium, de ser testimonio pasase a ser visto erróneamente como fundamento del dogma, el Papa recurre al testimonio de la Sagrada Escritura interpretada por la tradición eclesiástica representada por los principales teólogos escolásticos antiguos y modernos, que prueban la verdad de la Asunción. En lo que se refiere a la inmortalidad de la Virgen, separa el Romano Pontífice lo que constituye el hecho de la Asunción (materia del dogma) de las circunstancias en que se produjo (es decir, con muerte y resurrección previa o con transformación directa en cuerpo glorioso sin pasar por la muerte). Por eso, al definir el dogma cuidó al extremo las palabras y proclamó infaliblemente que María había subido en cuerpo y alma a los cielos “una vez cumplido el curso de su vida terrena” (“expleto terrestris vitae cursu”), sin especificar el modo cómo ese curso llegó a su término.

En cuanto a la historia externa del dogma, queda decir que el papa Pacelli había dirigido a los obispos católicos de todo el mundo la encíclica Deiparae Virginis de 1º de mayo de 1946, pidiéndoles su parecer sobre si era oportuna en su opinión una definición dogmática de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a los cielos. De esta manera respondía no sólo a un impulso que le dictaba su inequívoca devoción mariana (desde 1903 pertenecía a “Congregación de Nobles del Santísimo Sacramento y de la Asunción de Nuestra Señora” erigida en Roma), sino a la petición en tal sentido firmada por más de ocho millones de fieles que le habían hecho llegar. La contestación de los prelados fue abrumadoramente afirmativa: sólo seis de entre los 1.181 consultados manifestaron alguna reserva. La prevista definición recibió la ratificación final de los cardenales reunidos en consistorio semipúblico el 30 de octubre de 1950, es decir, dos días antes de que se verificase el acto. En tal ocasión el venerable Pío XII dijo que “el coro admirable y prácticamente unánime de pastores y fieles profesaban la misma fe y pedían la misma cosa como sumamente deseada por todos” y “como toda la Iglesia Católica no puede engañar ni ser engañada, tal verdad, firmemente creída ha sido revelada por Dios y puede ser definida con Nuestra suprema autoridad”. Esa misma tarde y en los dos días sucesivos, el Papa fue testigo, durante su paseo por los jardines vaticanos, de la reproducción del milagro de Fátima, como si se tratara de una confirmación celeste de la proclamación dogmática. La vinculación de Eugenio Pacelli con el misterio de Fátima es sugestiva: recuérdese que su consagración episcopal por el papa Benedicto XV tuvo lugar el 13 de mayo de 1917, día en que se produjo la primera de las apar
iciones.

Así como la definición de 1854 propició y favoreció la de 1950, ésta produjo un desarrollo tal de los estudios mariológicos en la siguiente década que se llegó a postular la definición de otros dos dogmas marianos: el de la Corredención de la Virgen y el de la Mediación universal de las gracias. El año santo mariano de 1954 y los congresos marianos nacionales e internacionales que se sucedieron (como el importantísimo congreso nacional de Zaragoza de 1954) favorecieron ese desarrollo, que, inopinadamente se vio truncado por la corriente minimalista que había empezado a insinuarse en ciertos ambientes y que prevaleció en el aula conciliar al negar a la Virgen un esquema propio. Hoy en día una noción falsa de ecumenismo constituye el principal obstáculo para el avance de dichas doctrinas marianas, cosa que el venerable Pío XII hubiera estado bien lejos de imaginar.


Rodolfo Vargas Rubio
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Imágenes de la Dormición Asunción, y Coronación de la Santísima Virgen


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Ninguno, á mi parecer, por mediana instrucción que tenga, ignora cuanto podría decirse sobre lo que abarca este título. Pero quien quiera, que este sea, acuérdese, que no he tomado yo á mi cargo, tratar principalmente de las cosas Eclesiásticas, ni tampoco hacer de muy severo crítico: antes he procurado, cuanto me ha sido posible, huir el cuerpo, por ser esto, como dice el Lyrico, periculosæ plenum opus aleæ; una obra llena de mucha dificultad. Con efecto, como todo hombre Católico, y sólidamente pío, deba tener por cosa cierta, y explorada, no solo que la Santísima Virgen, ó ya sea en cuerpo, o ya sin él, fue subida sobre los Ángeles, conforme habla S. Agustín, lo que ningún Católico duda ser cosa perteneciente á la Fé; sino también, que subió á los Cielos su santísima Alma juntamente con su cuerpo inmaculado (cuya sentencia parece ser el sentido de la Iglesia Católica, aunque no está expresamente definido, como advirtió bien el Cardenal Baronio) : Debiendo, digo, tener esto por cierto todo hombre sabio, no hay para que detenerme mucho en aclarar mas estas cosas, puesto que sólo hago el papel de quien únicamente pretende instruir, y advertir á los Pintores.

Esto supuesto, me queda poco que decir, y advertir al Pintor, acerca de las Pinturas, é Imágenes de este Misterio. Porque, el que pintando la muerte de la Santísima Virgen, nos la representen echada en una cama, y rodeada de Ángeles por todas partes; sin embargo de ser esta una cosa muy frecuente, de suerte que no solo la vemos pintada, sino representada aun mas al vivo, en las Imágenes mas grandes de escultura: con todo yo nunca la aprobaré, ni aconsejaré á los pintores eruditos, que pinten así á la Virgen, en cuadros, ó lienzos, por más que los colores estén dispuestos con la mayor oportunidad. No que con esto pretenda yo refutar la pía tradición (que llama antigua S. Damasceno) de que en el tiempo de la gloriosa muerte de la Virgen (son sus mismas palabras) todos los Santos Apóstoles, que andaban dispersos por el mundo, y que estaban ocupados en la salvación de los hombres, levantándose en un instante por el aire, se juntaron en Jerusalén, &c. Ni me mueve tampoco, el que en esta pintura añadan los imperitos varias cosas, que ningún hombre de juicio las aprobará jamás, como es, el que mojando S. Pedro el hisopo en agua bendita (la que alguno, afectando demasiadamente el Gentilismo, llamaría Lustral) esté rociando la cama de la Inmaculada Señora; y á otros dos Apóstoles, que abierto el libro, están rezando las preces, del mismo modo que á los que ahora mueren, se les rezan aquellas oraciones, que llamamos Recomendación del alma, y otras cosas semejantes.

Digo, que no me muevo á esto, porque intente, cuanto está de mi parte, desterrar la Pintura de la Sacratísima Virgen, cuando estaba ya para morir una muerte preciosísima, por cuyo motivo la pintan echada en la cama. ¿Pues cuál será la causa? Dirélo en pocas palabras. Este modo de pintar, supone la opinión del vulgo, ó por mejor decir, sigue ciegamente la imaginación, que sin hacer ningún examen de las cosas, se figura, que la Santísima Virgen, ó por enfermedad, ó por vejez (que también es enfermedad) acabó esta vida mortal. Esto es lo que yo tengo por falso. Ni soy el primero, que lo digo: lo mismo han dicho antes que yo, Teólogos de mucho nombre, y por todos puede verse el Doctor Eximio, que sigue á S. Damasceno, y á otros. Antes es muy probable, que murió la Soberana Reina, no en fuerza de alguna enfermedad, sino de ardentísimos afectos, de una intensísima contemplación, y de amor, el cual es también un deliquio, conforme á aquello: Quia amore langueo.

Esto supuesto, sería lo mejor pintarla arrodillada en tierra, fijos los ojos en el Cielo, y extendidas las manos, antes que echada en la cama, como si estuviera enferma. Ni este quiero que pase por pensamiento mío. Un pío, y erudito Teólogo hablando sobre este punto, dice así: La Beatísima Virgen estuvo tan lejos de sentir algún dolor en su muerte, como lo había estado de toda corrupción. Fácilmente me persuado, que no estuvo echada en la cama á la manera de los que están enfermos, y que acaban su vida oprimidos por la enfermedad (dígolo con licencia de los Pintores, y Escritores); antes por el contrario, debemos creer, que entregó su espíritu al Señor, no en fuerza de alguna enfermedad, ó debilidad, sino orando de rodillas con mucha reverencia, y levantadas las manos al Cielo: el mismo modo que refiere S. Jerónimo haber muerto S. Pablo primer Ermitaño Como la Virgen hubiese entregado ya en manos de su Hijo su purísima, é inocentísima alma; es cierto, y unánimemente recibido, y lo refieren algunos Autores, que pueden verse en el pintor erudito, á quien tantas veces hemos citado, que su cuerpo fué llevado, y puesto en el sepulcro por manos de los Apóstoles, que lo envolvieron (según era costumbre) en lienzos puros, y limpios, y que junto á él perseveraron por tres días, percibiendo una armonía celestial en sus oídos, en que tenían ocupados inefablemente todos sus ánimos. Y que por la virtud de Dios, resucitase la Soberana Reina después de tres días, y que así resucitada, fuese llevada sobre los Cielos, y Coros de los Ángeles; es una verdad, que nadie podrá contradecir, si pía, y sobriamente quiere sentir con toda la Iglesia. Pero (descendiendo á lo que es mas de mi intento) podría representarse este triunfo de la Virgen, del modo que ya algunos lo han practicado; á saber, pintando á la Sacratísima Virgen, y Madre de Dios, adornada con ricos vestidos, y con un semblante hermosísimo (que de ningún modo se le debe pintar con el semblante viejo; pues fuera de que permaneció siempre Virgen intacta, ya estaba adornada, y revestida con las dotes de la gloria) afianzada en el hombro de su amado Hijo, conforme lo que leemos en los Cantares: ¿Quién es esta que sube del desierto, abundando en delicias, y recostada sobre su amado? y encaminándose á lo mas alto de los Cielos, rodeada por todas partes de muchedumbre de Ángeles.

Pero, por ser común, y frecuente, el pintarla subiendo á los Cielos por mano de Ángeles (bien que no necesitaba de este auxilio el cuerpo glorioso, y dotado ya de admirable agilidad), es justo, que también se pinte así, y mas conforme á la piedad popular. Subida ya á los Cielos, suelen representárnosla (y con razón) hermosísima; pero muy modesta, juntas las manos ante el pecho, y recibiendo una corona de oro en su cabeza de manos del Padre Eterno, y de su Hijo, sobre los cuales se deja ver en la acostumbrada forma de paloma, despidiendo rayos de luz por todas partes, aquel Espíritu Divino, de quien había dicho el Ángel á la misma Virgen: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra . Elevada ya de este modo, y subida á los Cielos, la pintan alguna vez junto al Trono de Dios: esto es, á aquella Señora, de quien dice S. Gregorio el Grande, ó cualquiera que sea el Autor de los Comentarios sobre los Libros de los Reyes; que para llegar á concebir al Verbo Divino, erigió la cumbre de sus méritos sobre todos los Coros de los Ángeles, hasta el solio de la Divinidad.

Juan Interian de Ayala
Adaptado por José Gálvez Krüger para la Enciclopedia Católica
Tomado de "El Pintor Cristiano y erudito" 1782

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