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Nuestra Señora de la Confianza

24 de febrero:


Nuestra Señora de la Confianza
Confianza! ¡Confianza! ¡Yo vencí al mundo!” (Jn 16, 33)

Cuando la palabra confianza era pronunciada por Nuestro Señor Jesucristo, “se operaba en los corazones una profunda y maravillosa transformación” , dice un sabio escritor. “La aridez de sus almas era humedecida por un rocío celestial, las tinieblas de sus espíritus se transformaban en luz, la angustia era sustituida por una calma serenidad.” El mismo convite hecho otrora por Nuestro Señor, es repetido hoy a nosotros. ¡Confianza! ¡Cómo esa virtud es necesaria en los días de hoy!

¡Cómo se equivocan las almas que, sintiendo sus deficiencias y miserias, no osan aproximarse del Divino Salvador, con recelo de que un Dios tan puro y excelso no se inclinaría hacia ellas, no perdonaría sus faltas!
Dios es Misericordia, y desde que deseemos sinceramente convertirnos, Él tendrá pena de nuestra miseria y se dignará salvarnos y colocarnos junto a su Sagrado Corazón. Más aún: para que experimentásemos de un modo más elocuente la bondad en términos humanos, creó el cariño materno. De lo alto de la Cruz, cuando entregaba su alma al Padre, nos dio a su propia Madre para que fuese también la nuestra: “Mujer, he aquí a tu hijo. (…) Hijo, he aquí a tu Madre” (Jn 19, 26-27). Como explica la Iglesia desde sus primeros siglos, en San Juan estaba representada toda la humanidad. Ese don inenarrable de ser, también, hijos de la Madre del Cielo, nos facilita igualmente la práctica de la virtud de la confianza.

Esas reflexiones nos traen a la memoria una bellísima pintura de Nuestra Señora de la Confianza venerada en la Ciudad Eterna, en la capilla del Pontificio Seminario Romano, vecino a la famosa Basílica de San Juan de Letrán.

La devoción a Nuestra Señora de la Confianza surgió en Italia hace casi tres siglos, vinculada a la venerable Hermana Clara Isabel Fornari, clarisa fallecida en 1744, y con proceso de beatificación en curso. Abadesa del monasterio de la ciudad de Todi, Sor Clara fue privilegiada por Dios con gracias místicas, entre las cuales la de recibir en sus miembros los estigmas de la Pasión. Nutriendo una devoción muy particular a la Madre de Dios, llevaba siempre consigo un milagroso cuadro que la representa con el Niño Jesús en los brazos. A esa pintura se atribuían gracias y curas numerosas, y ya en el S. XVIII comenzaron a circular por Italia copias, dando origen a la devoción de la Santísima Virgen bajo el título de Madre de la Confianza.

Una de las copias acabó por tornarse más célebre que el propio original. Fue ella llevada al Seminario Mayor de Roma —el principal del mundo, por ser el seminario del Papa—, donde se convirtió en la Patrona. Todos los años es venerada por el propio Pontífice, quien va a visitarla en la fiesta de la “Virgen de la Confianza”, el 24 de febrero.

Desde el inicio, la Virgen mostró a los seminaristas que, si recurriesen a Ella bajo la invocación de Nuestra Señora de la Confianza, podían contar con su auxilio en toda circunstancia por más difícil que fuese. En ese sentido, entre los hechos prodigiosos más insignes se cuentan las dos veces (1837 y 1867) en que una epidemia de cólera alcanzó la Ciudad Eterna, y en las que el Seminario Romano se vio milagrosamente libre por la poderosa intercesión de su Patrona. También, durante la Primera Guerra Mundial, cerca de cien seminaristas fueron enviados al frente de batalla, y se colocaron bajo la especial protección de la “Madonna”. Todos regresaron vivos, lo que atribuyeron a la Santísima Virgen. En agradecimiento, entronizaron el venerable cuadro en una nueva capilla de mármol y plata.

Cuando allí fue colocado, venía acompañado de un antiguo pergamino, que aún se conserva, y que trae estas consoladoras palabras de Sor Clara Isabel: “La divina Señora se dignó concederme que toda alma que con confianza se presente delante de este cuadro, experimentaráuna verdadera contrición de sus pecados, con verdadero dolor y arrepentimiento, y obtendrá de su Divinísimo Hijo el perdón general de todos sus pecados. Además esa mi divina Señora, con amor de verdadera Madre, condescendió en asegurarme que a toda alma que contemple esta imagen, concederá una particular ternura y devoción hacia Ella.”

La devoción a la “Madonna della Fiducia” se muestra particularmente benéfica cuando se reza la jaculatoria “¡Madre mía, confianza mía!” Muchos son aquellos que se fortalecen en la confianza, o la recuperan, apenas por contemplar esa bella pintura, sintiéndose inundados por la mirada materna, serena, cariñosa y alentadora de la Reina del Cielo.

Y el Divino Niño, también observando al fiel, apunta su índice a la Santísima Virgen, como diciendo: “Colóquese bajo su protección, recurra a Ella, sea enteramente de Ella, y Ud. conseguirá llegar hasta Mí”.
La Madonna della Fiducia nació por intermedio de la Venerable Clara Isabel Fornari en el primer tercio del siglo XVIII, que recibió de la Virgen María el anuncio de las gracias que concedería por intermedio de la imagen.

La imagen más famosa se encuentra en el Seminario Mayor de Roma, cuyos seminaristas fueron agraciados por muchos favores, y al que concurre tradicionalmente el Papa a visitarla los 24 de febrero.

La devoción a Nuestra Señora de la Confianza surgió en Italia hace casi tres siglos, vinculada a la Hermana Clara Isabel Fornari, clarisa fallecida en 1744. Abadesa del monasterio de la ciudad de Todi.

La abadesa, hoy Venerable hermana Clara Isabel Fornari, abrazó una vida severa de la penitencia y fue favorecida con muchas gracias místicas; incluso recibió los sagrados estigmas de la pasión de Nuestro Señor.

Sor Clara llevaba siempre consigo un milagroso cuadro que representa a la Virgen con el Niño Jesús en los brazos. A esa pintura se atribuían gracias y curas numerosas, y ya en el S. XVIII comenzaron a circular por Italia copias, dando origen a la devoción de la Santísima Virgen bajo el título de Madre de la Confianza.

La pintura fue pintada por el gran pintor italiano Carlo Maratta (1625-1713), que fue nombrado caballero por el Papa Clemente XI en 1704 y se hizo pintor de la corte de Luis XIV el mismo año. Se dice que el renombrado artista dio esta pintura a una joven noble, que se convertiría en la abadesa del convento de Pobres Clarisas de San Francisco en la ciudad de Todi.

La Hermana Clara Isabel tenía una gran devoción a la Santísima Madre, como todos los Santos y un apego muy especial a esta imagen maternal de la Virgen con el niño divino. Nuestra Señora hizo una promesa notable a la hermana Clara Isabel que ganaría gracias especiales para ella, sus hermanas y todas las personas a través de las épocas veneraran esta imagen.

Muchas personas, especialmente los conversos, aumentarán su devoción a la Virgen y pregunto cómo proceder. En esta promesa se encuentra una solución simple: simplemente vaya a nuestra Señora de confianza y le pídaselo. Mi Madre Celestial, con el amor de una madre verdadera, me aseguró que ella daría una especial sensibilidad y devoción hacia ella a todos los que contemplaran este imagen (esta promesa, por supuesto, no sólo se aplica a la imagen original, sino también a todas las copias de la misma que circulan).


LA IMAGEN EN EL SEMINARIO MAYOR DE ROMA

Debido a las numerosas curas y conversiones realizadas por la intercesión de la Virgen de la Confianza, copias del retrato fueron hechas y distribuidas. Una de las copias acabó por tornarse más célebre que el propio original, que está en Todi.

Fue llevada al Seminario Mayor de Roma —el principal del mundo, por ser el seminario del Papa—, donde se convirtió en la Patrona. Todos los años es venerada por el propio Pontífice, quien va a visitarla en la fiesta de la “Virgen de la Confianza”, el 24 de febrero.

Cuando allí fue colocado, venía acompañado de un antiguo pergamino, que aún se conserva, y que trae estas consoladoras palabras de Sor Clara Isabel: “La divina Señora se dignó concederme que toda alma que con confianza se presente delante de este cuadro, experimentará una verdadera contrición de sus pecados, con verdadero dolor y arrepentimiento, y obtendrá de su Divinísimo Hijo el perdón general de todos sus pecados. Además esa mi divina Señora, con amor de verdadera Madre, condescendió en asegurarme que a toda alma que contemple esta imagen, concederá una particular ternura y devoción hacia Ella.”

Desde el inicio, la Virgen mostró a los seminaristas que, si recurriesen a Ella bajo la invocación de Nuestra Señora de la Confianza, podían contar con su auxilio en toda circunstancia por más difícil que fuese.

Nuestra Señora de la Confianza los protegió en tiempos de crisis. Ella concedió la plena protección a los seminaristas contra el flagelo de la gripe asiática, que se cobró muchas vidas en Roma en 1837, y otra vez en 1867 en que una epidemia de cólera alcanzó la Ciudad Eterna, y en las que el Seminario Romano se vio milagrosamente libre por la poderosa intercesión de su Patrona.

También, durante la Primera Guerra Mundial, cerca de cien seminaristas fueron enviados al frente de batalla, y se colocaron bajo la especial protección de la “Madonna”. Todos regresaron vivos, lo que atribuyeron a la Santísima Virgen. En agradecimiento, entronizaron el venerable cuadro en una nueva capilla de mármol y plata y coronaron a la madre y el niño con oro y diademas.


LA IMAGEN

La devoción a la “Madonna della Fiducia” se muestra particularmente benéfica cuando se reza la jaculatoria “¡Madre mía, confianza mía!”. Muchos son aquellos que se fortalecen en la confianza, o la recuperan, apenas por contemplar esa bella pintura, sintiéndose inundados por la mirada materna, serena, cariñosa y alentadora de la Reina del Cielo.

Esta imagen fomenta e inspira confianza. Conforme a lo habitual en el estilo renacentista de representar a la Virgen y a los Santos como tipos regionales, la Virgen, con su cabello castaño, ojos color avellana y piel suave, aparece como una belleza del Norte de Italia. Serena y noble, ella lleva en sus brazos su gran tesoro, que tiene el aire de mando, de un gran príncipe, que con un gesto imperativo sorprendente, Nuestro Señor apunta directamente a la madre, como diciendo, “si quiere venir a mi, vaya a ella. Todo lo que ella me pida, se lo daré.”

La imagen nos enseña lo que siempre ha ordenado la Santa Iglesia: nuestro Señor Jesucristo siempre actúa a través de María como un canal. Tienen lugar por medio de y a través de la intercesión de esta Madre Santísima todas las conversiones y favores.


SOR CLARA ISABEL FORNARI

Nació en Roma el 25 de Junio de 1697 y fue bautizada como Ana Felicia Fornari. Murió en Todi en 1744.

Cuando tenía apenas 15 años, ingresó en el convento de las Clarisas de Todi, al año siguiente hizo sus votos y tomó el nombre de Clara Isabel.

A esta edad comenzó a tener fenómenos extraordinarios que se repetirán en su vida.

En sus largos y frecuentes momentos de éxtasis tuvo visitas de Jesús, Nuestra Señora, Santa Clara de Asís y Santa Catalina de Siena.

Durante uno de estos momentos, Jesús puso un anillo en su dedo, y la llamó su “esposa en el dolor”.

Los médicos y el confesor atestiguaron que sus éxtasis eran reales.

Sus manos, sus pies y su costado se marcaron con los estigmas de la Pasión de Jesús, y a veces le sangraban.

En su cabeza una corona de espinas que atravesaban su interior. Por la frente sudaba gotas de sangre.

El demonio, descontento suponemos con tanta inspiración divina, la sometía a un miedo continuo. Le daba golpes, la tiraba por las escaleras y le metía en la cabeza la idea de que se suicidara.

Ella, sin embargo, se sentía consolada por Dios y le alentaba en el camino a la santidad.

Además de su intermediación para el inicio de la advocación de la Madonna de la Fiducia, en 1735, Sor Isabel Clara Fornari, modeló en cera, la que llegaría a ser la milagrosa imagen de la Virgen Niña, con el atuendo propio de la época.

(fuente: forosdelavirgen.org)
  
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