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Foto: OBSEQUIO 7º 
 
PERTENECER A LAS COFRADIAS DE MARIA  

Algunos desaprueban las cofradías diciendo que, a veces, son ocasión de discordias y que muchos entran a ellas por miras humanas. Pero como no condena la Iglesia la recepción de los sacramentos porque haya quienes abusan de ellos, así tampoco han de condenarse las congregaciones y cofradías. Los sumos pontífices, en vez de eso, las han colmado de alabanzas y las han enriquecido con indulgencias.

San Francisco de Sales exhortaba a los seglares con mucho encarecimiento a que se inscribiesen en las cofradías. ¿Qué no hizo san Carlos Borromeo por instalar y multiplicar estas congregaciones? En sus sínodos, precisamente insinúa a los confesores que procuren que los penitentes entren en ellas: El confesor, conforme a sus posibilidades, trate de persuadir a los penitentes a que se adscriban a alguna asociación piadosa. Y con toda razón, porque estas congregaciones, especialmente las de nuestra Señora, son otras tantas arcas de Noé en que encuentran refugio los seglares contra el diluvio de las tentaciones y de los pecados que inundan el mundo. Nosotros, al dar las misiones, hemos comprobado muy bien lo útiles que son las congregaciones. Normalmente, es mucho más virtuoso un hombre que va a las congregaciones que veinte que no pertenecen a ninguna. La hermandad o cofradía puede llamarse la “torre de David de la que cuelgan mil escudos, todos armaduras de valientes” (Ct 4, 4). La razón del gran provecho que causan las cofradías es que en ellas se adquieren muchas defensas contra el infierno y se practican los medios para conservarse en la gracia de Dios, medios que fuera de las congregaciones difícilmente usan los seglares.

I. Uno de los medios para salvarse es pensar en las máximas eternas: “Acuérdate de tus postrimerías y nunca jamás pecarás” (Ecclo 7, 11). Los que van a la Congregación se recogen con frecuencia a pensar con tantas meditaciones y lecturas y sermones que allí se tienen. “Mis ovejas oyen mi voz” (Jn 10, 27).

II. Para salvarse es necesario encomendarse a Dios: “Pedid y recibiréis” (Jn 16, 24), y en la cofradía los hermanos hacen esto constantemente. Y Dios los oye, tanto más cuanto él mismo ha dicho que concede sus gracias con mucho gusto a las plegarias hechas en común. “Si dos de vosotros se unen en la tierra, todo lo que pidan se lo concederá mi Padre” (Mt 17, 19). A lo que añade san Ambrosio: “Muchos pequeños cuando se congregan en uno se hacen grandes, y las preces de muchos es imposible que no sean oídas”.

III. En la cofradía más fácilmente se frecuentan los sacramentos, tanto por las normas de las mismas como por los ejemplos de los otros cofrades. Con esto fácilmente se obtiene la perseverancia en la gracia de Dios, habiendo declarado el sagrado Concilio de Trento que la comunión es como el contraveneno que libra de las culpas cotidianas y preserva de los pecados mortales.

IV. Además de los sacramentos, en las congregaciones se realizan muchos ejercicios de mortificación, de humildad y de caridad hacia los hermanos enfermos y pobres. Y estaría muy bien que en cada hermandad se estableciese la costumbre de visitar y atender a los enfermos pobres.

V. Ya hemos dicho cuánto ayuda para salvarse servir a la Madre de Dios; ¿y qué otra cosa hacen los hermanos cofrades sino servirla? ¡Cuánto la alaban! ¡Cuántas oraciones le dirigen! Allí se consagran desde el principio a su servicio eligiéndola de modo especial por su Señora y Madre, y se inscriben en el libro de los hijos de María. Por lo que, como son devotos e hijos distinguidos de la Virgen, ella los trata con predilecciones y los protege en la vida y en la muerte, de modo que quien pertenece a una Congregación de María puede decir que con esa pertenencia le han venido multitud de bienes.

Dos cosas debe cuidar el congregante; lo primero, ir a la Congregación para servir a Dios, a su santa Madre y para salvar su alma; lo segundo, no dejar por nada del mundo de asistir a la hermandad en los días establecidos, pues allí va a tratar el negocio más importante que tiene, que es el de la salvación eterna. Y procure atraer a cuantos pueda a la Congregación y especialmente procure hacer volver a los que se alejaron.Virgen MaríaVirgen MaríaVirgen MaríaVirgen MaríaVirgen MaríaFoto: 4. MARIA PERSONIFICA LA HUMILDAD 


No hay duda, como dice san Gregorio Niceno, de que para nuestra naturaleza caída no hay virtud que tal vez le resulte más difícil de practicar que la de la humildad. Pero la única manera de ser verdaderos hijos de María es siendo humildes. Dice san Bernardo: Si no puedes imitar la virginidad de la humilde, imita la humildad de la Virgen. Ella siente aversión a los soberbios y llama hacia sí a los humildes. “El que sea pequeño que venga a mí” (Pr 9, 4). Dice Ricardo de San Lorenzo: María nos protege bajo el manto de su humildad. Y le explicó que la consideración de su humildad es como un manto que da calor; y como el manto no da calor si no se lleva puesto, así se ha de llevar este manto, no sólo con el pensamiento, sino con las obras. De manera que mi humildad no aprovecha sino al que trata de imitarla. Por eso, hija mía, vístete con esta humildad.

Cuán queridas son para María las almas humildes. Escribe san Bernardo: La Virgen conoce y ama a los que la aman, y está cerca de los que la invocan; sobre todo a los que ve semejantes a ella en la castidad y en la humildad. Por lo cual el santo exhorta a los que aman a María a que sean humildes: Esforzaos por practicar esta virtud si amáis a María. El P. Martín Alberto, jesuita, por amor a la Virgen solía barrer la casa y recoger la basura. Y como refiere el P. Nieremberg, se le apareció la Virgen y, agradeciéndole, le dijo: Cómo me agrada esta obra realizada por amor mío.

Reina mía, no podré ser tu verdadero hijo si no soy humilde. ¿No ves que mis pecados, al hacerme ingrato a mi Señor me han hecho a la vez soberbio? Remédialo tú, Madre mía. Por los méritos de tu humildad alcánzame la gracia de ser humilde para que así pueda ser hijo tuyo verdadero.Foto: 3. MARIA NOS MUESTRA LOS MEDIOS PARA SER CASTOS 

Tres son esos medios, como dicen los maestros espirituales con san Bernardino: el ayuno, la fuga de las ocasiones y la oración. Por ayuno se entiende la mortificación, sobre todo de los ojos y de la gula. María Santísima, aunque llena de gracias, tenía que ser mortificada en las miradas sin fijar los ojos en nadie, de modo que era la admiración de todos desde su tierna infancia. Toda su vida fue mortificada en el comer. Afirma san Buenaventura que no hubiera acumulado tanta gracia si no hubiera sido morigerada en los alimentos, pues no se compaginan la gracia y la gula. En suma, María fue mortificada en todo.

El segundo medio es la fuga de las ocasiones. El que evita los lazos andará seguro. Decía por esto san Felipe Neri: En la guerra de los sentidos vencen los cobardes, es decir, los que huyen de la ocasión. María rehuía cuanto era posible ser vista por los hombres. Eso parece deducirse también de lo que dice san Lucas: “Marchó aprisa a la montaña”.

El tercer medio es la oración: “Pero comprendiendo que no podía poseer la Sabiduría si Dios no me la daba..., recurrí al Señor. Y le pedí” (Sb 8, 21). Reveló la Santísima Virgen a santa Isabel, benedictina, que no tuvo ninguna virtud sin esfuerzo y oración. Dice san Juan Damasceno que María es pura y amante de la pureza. Por eso no puede soportar a los impuros. El que a ella recurre, ciertamente se verá libre de este vicio con sólo nombrarla lleno de confianza. Decía san Juan de Ávila que muchos tentados contra la castidad, con sólo recordar con amor a María Inmaculada, han vencido.

María, Virgen pura, ¡cuántos se habrán perdido por este vicio! Señora, líbranos. Haz que en las tentaciones siempre recurramos a ti diciendo: María, María, ayúdanos. Amén.
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