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María, la virgen creyente

Autor: P. Marcelino de Andrés | Fuente: Catholic.net

Sólo en la fe y gracias a Ella se explica el modo como María afrontó las diversas circunstancias de su vida.

La fe. ¿Cómo entender la existencia de la Virgen María fuera o al margen de la fe? Sólo en la fe y gracias a Ella se explica el modo como María afrontó las diversas circunstancias de su vida. Es muy común que se nos presente a María como modelo de fe. Se le ha dado el título de Virgen creyente. Y lo merece con pleno derecho. María creyó con una fe sencilla y a la vez colosal y muy profunda. La fe de María era de esas que podían mover montañas y hacer cosas mucho mayores. Pero no fue una fe fácil, cómoda, sin complicaciones. La fe de María se vio envuelta repetidas veces en nubarrones muy negros y fue puesta a prueba duramente en el trascurso de su peregrinar terreno.

Basta echar un vistazo con ojo atento por la vida de María para ir descubriendo el talante de esa fe fuera de serie que impregnó la existencia de en una mujer que pisó la misma tierra que nosotros.

Fe en la anunciación.

Cuando leemos en el evangelio el relato de la anunciación, salta la vista la fe humilde de María. Fe para creer en esa aparición angélica. Porque aunque en aquel tiempo parecía estar de moda el que Dios enviase a sus ángeles como mensajeros, cualquiera (también María) podría haber pensado que se trataba quizá de una alucinación, o de un engaño. Pero Ella cree que es un enviado celeste y su comportamiento ante él lo atestigua.

Da crédito también a su mensaje. Se lo toma en serio. Tanto que quedó turbada ante semejante salutación y le pareció incomprensible buena parte del mensaje divino de Gabriel. Y con mucha razón. ¿Quién comprende que una virgen vaya a concebir (permaneciendo virgen) y dar a luz al Hijo del Altísimo? María tampoco entendió cómo sería eso posible, pero nunca dudó de que lo fuera. “Creyó tanto al ángel, tanto, que no podía creerlo”, diría Pemán. Creyó en ese anuncio cargado de misterio. Nada menos que del misterio más grande y sublime, el de la encarnación del Hijo de Dios. Y María exclamó: “hágase en mí según tu palabra”, porque tuvo fe en que se cumplirían las palabras que le fueron dichas de parte del Señor.

Hay otro hecho que revela la fe de la Virgen María en la anunciación: el que saliese con presteza a la región montañosa para asistir a su prima Isabel que, conforme a las palabras de Gabriel, debería estar en cinta y necesitaba de sus servicios. Si no hubiese creído, no se hubiera inmutado, ni hubiera salido corriendo para visitar a su prima. Pero su fe le llevó a poner manos a la obra y darse al servicio de su necesitada pariente.

Fe en Belén.

De pronto, cuando María estaba en estado de gestación avanzada, César Augusto tuvo la feliz idea de hacer un censo mundial. Así que, ahí tenemos a la pobre de María y al bueno de José, yendo a empadronarse a su puedo de origen, Belén. No debió ser nada cómodo y placentero para ambos realizar un viaje así, estando María en el estado en que estaba. Pero Ella iba feliz, pues sabía a Quién llevaba en sus entrañas y le era de inmenso conforto. José iba preocupado por Ella, pero también feliz de verla serena y contenta a Ella.

Y sucedió que estando ellos en Belén, se le cumplieron a María los días del alumbramiento. A buena hora al bendito César se le ocurrió ordenar el famoso conteo de su gente... Porque resulta que precisamente esos días, Belén y los alrededores estaba a reventar de gente que venía también a empadronarse. Y, claro, para una mujer a punto de dar a luz era difícil -por no decir imposible- encontrar un sitio discreto y lejos de miradas curiosas. Total que, como era de temerse, no hubo sitio apropiado para ellos en ninguna posada. Tuvieron que retirarse y contentarse con una cueva-establo que encontraron vagando por los contornos.

El Hijo de Dios vino al mundo en un establo y tuvo por cuna un pesebre. María sabía que ese niño recién nacido que acunaba en su regazo era el Hijo del Altísimo, el Mesías, el heredero del trono de David. Y sin embargo Ella, su madre y él, su Dios, estaban en el lugar más humilde y miserable. Y al ponerlo, no sin temblor, en el presepio, a pesar de lo que veían sus ojos y palpaban sus sentidos, siguió creyendo en la promesa: “heredará el trono de David, su padre, y será grande y su reino no tendrá fin...”

No es fácil mantener la fe cuando todo lo que nos rodea parece ir en contradicción directa con lo que se cree. Qué maravilla de fe la de quién acepta, como María, que lo que podía parecer lo peor, fue escogido por Dios como lo mejor...

Fue en Belén también donde un buen día la sagrada familia recibió la inesperada visita de unos Reyes sabios de Oriente. Ellos ofrecieron al niño dones regios: oro, incienso y mirra. Y María, al ver a esos tres ilustres personajes caer postrados y adorar a su Jesús, seguramente sintió reforzarse su fe. Necesitaba ese refuerzo, pues a los pocos días su fe volvería a ser puesta a prueba. Un ángel avisó en sueños a José que debía tomar consigo al niño y a su madre y huir a Egipto, porque el rey Herodes buscaba al pequeño para matarlo.

Fe en la huida a Egipto.

Vaya, precisamente cuando las cosas en Belén comenzaban a ir mejor que nunca. En ese momento tienen que tomar sus bártulos e irse a otra parte. Y ahí tenemos una vez más a la Madre de Dios, al Hijo de Dios y al justo de José huyendo de un tirano caprichoso y yéndose a vivir como inmigrantes a un país extranjero. De nuevo aquí la fe de María se mantuvo encendida y entera, sin dudar que aquel Jesús indefenso que ahora tenía que huir y esconderse, era realmente el Ungido de Dios, el Salvador del mundo, el Rey de reyes y Señor de señores.

Fe durante la vida oculta en Nazaret.

Treinta años de fe sin que pasase aparentemente nada. Treinta años viendo crecer a ese crío como todos los demás; viéndolo jugar y comer y aprender como cualquier otro del pueblo. ¿Qué reino sin fin y poderoso, ni qué grandezas, ni que abundancia de siervos y bienes, podían salir de aquel niño, en aquella pobre casa, donde José, con sierra y cepillo en mano, se ganaba a duras penas el pan de cada día para los tres? Y su madre continuaba creyendo firmemente en Él.

Treinta años sin signos o gestos extraordinarios, creyendo que llegaría una hora que por momentos le parecía a la Virgen que no iba a llegar nunca. Treinta largos años de la más absoluta normalidad, interrumpida tan sólo por el episodio aquel del extravío de Jesús en Jerusalén. Episodio que resultó ser como un relámpago de luz tan intensa y fugaz que quizá no aclaró demasiado la fe de María y la volvió a dejar sumida en ese ir dándole vueltas dentro de su corazón al misterio de su Hijo.

Me imagino a María rezando en aquellas tardes serenas de Nazaret; y mientras hablaba con Dios, la veo recapacitar y darse cuenta de que tenía a ese Dios en sus brazos. Me la imagino cuando el pequeño Jesús llegaba a casa con algún rasguño en la rodilla, después de una accidentada tarde de juegos callejeros con sus amigos. Y en lo que Ella le curaba la herida, seguiría dando vueltas en su corazón a las cosas tan sublimes que sabía acerca de aquel niño que también se hacía daño al caerse al suelo. Me la imagino observando cómo su Jesús se aprendía de memoria pasajes de la Sagrada Escritura, pregúntandose si ese muchachito comprendía que muchos de esos pasajes se referían a él mismo. Me la imagino cuando al atardecer recibía con la cena lista al joven Jesús que llegaba rendido del taller de José; y mientras le servía se preguntaría cómo puede Dios cansarse tanto...

Nazaret, sin dejar de ser algo precioso por la cercanía y convivencia con Jesús, fue para María también un largo crisol para su fe. El crisol purificador de lo ordinario prolongado por treinta años.

Fe durante la vida pública de Jesús.

Un buen día llegó la hora. Jesús se despide de su madre porque ha llegado el momento para Él de predicar e instaurar su Reino. Nada especial en la despedida. Pocas palabras, casi ninguna explicación. Jesús debe partir y María quedarse sola. Quizá no entendió por qué hasta ahora. Por qué justamente cuando, faltando ya José, le era más necesaria la presencia de Jesús junto a Ella. No hubo forcejeos, Ella aceptó en la fe su soledad.

Durante esos años de correrías apostólicas de Jesús, María estaba pendiente de lo que su Hijo hacía y de lo que de Él se decía. Y no todo lo que se hablaba de aquel nuevo profeta era halagüeño ni como para confortar la fe de su madre. Llegaban a los oídos y a la finísima sensibilidad de la Virgen también chismes y calumnias, que sin duda harían mella en su alma y chocarían contra su fe. Pero su fe granítica aguantó firme y segura todo aquello.

En cierta ocasión llegó Jesús a Nazaret. Leyó el pasaje de la Escritura y predicó en la sinagoga, al parecer con palabras excesivamente claras para aquellos pueblerinos. El fracaso apostólico de Cristo ese día fue rotundo y la indignación furiosa de la gente algo que rozaba la locura. Tan es así que a empujones y gritos lo condujeron hasta un precipicio con intención de despeñarlo... Y su madre presenció la bochornosa y dramática escena con el corazón angustiado. El enfurecido rechazo que sus paisanos le propinaron a su Hijo, fue un nuevo atentado contra su fe. Pero tampoco esta vez sucumbió. “Cuando su parentela no creía en Jesús -decía Juan Pablo II-, y las multitudes tenían más entusiasmo que fe, Ella permanecía inflexible en su fe”.

Fe durante la pasión y muerte.

Se ha llamado a este momento la hora suprema del dolor y, por tanto, del amor de María. Pero también lo es de su fe. Porque era ver padecer y morir de esa manera a Jesús, al que era el Mesías prometido, el liberador de Israel, el Hijo del Altísimo, el Rey eterno... Seguramente no hubo prueba mayor que esa para la fe de su Madre.

Ella, con el alma ahogada en sangre, fue capaz de recorrer el camino hacia el calvario con su Hijo apoyándose en la fe y el amor. Con el corazón pesado como el plomo por la pena, pudo mantener su fe tan en pié como Ella misma junto a la cruz. “En aquel momento -dirá Pemán- María reconcentraba en sí toda la fe del universo”. Y con el cuerpo muerto de su Jesús, sostuvo a la vez en sus brazos, bien asida -aunque bañada de serenas lágrimas-, la fe. No permitió que su fe cayese por tierra ante la evidencia de que todo parecía haber acabado drásticamente, de que todo parecía haber sido una farsa sin sentido.

Tres días de combate interior contra esas malditas evidencias que trataban de corroer y minar los fundamentos de su fe. Tres días recordando en su mente y en su corazón todo lo vivido y experimentado con en relación a ese Hijo suyo que había dicho ser la Resurrección y la Vida y que, sin embargo, ahora yacía inerte en un sepulcro. Quizá sólo entonces entendió la lección de aquellos lejanos tres días de angustia buscando a Jesús perdido en Jerusalén, como preparación de estos otros tres buscándolo también, pero sabiéndolo ya muerto.

La llama de la fe de María aguantó encendida en espera del día glorioso y jubiloso de la resurrección.

La resurrección de Jesús y el premio a la fe de María.

No está escrito en el evangelio, pero es segurísimo que Jesús resucitado a la primera persona que se apareció fue su Madre.

La mañana de aquel domingo María despertó antes de lo normal. Tenía el presentimiento de que algo grandioso estaba a punto de suceder. Y efectivamente, sucedió. De pronto Jesús apareció vivo en el umbral de la puerta. María sí lo reconoció de inmediato. Se le echó al cuello y Jesús la abrazó tiernamente. Esta vez Ella no le preguntó como en aquella otra ocasión: “¿por que nos has hecho esto?”. Esta vez fue Él quien habló primero y quizás una de las primeras cosas que le dijo, secándole las lágrimas de alegría, fue: “mujer, ¡qué grande es tu fe!”.

La fe en continuo crecimiento de María llegó realmente a grandezas enormes. A nosotros nos da vértigo sólo de pensarlo. Porque nosotros estamos empeñados en discutirlo todo, juzgarlo todo, entenderlo todo según nuestras ridículas casillas mentales. A nosotros nos produce pánico o nos irrita la fe cuando nos contradice. Nosotros no hubiéramos aceptado una anunciación de semejante irracionalidad, ni las circunstancias miserables de Belén, ni la humillante huida a Egipto, ni mucho menos toda esa locura de la pasión y muerte. A nosotros nos falta, en silencio, aprender de Dios, más que intentar meterlo a Él en nuestras raquíticas categorías. Y en esto María, la virgen creyente, puede enseñarnos todo.
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